lunes, 3 de diciembre de 2012

Un Día de Espanto Versión 1


Un día de espanto.


En una residencia un alboroto matutino casi habitual para los vecinos retumbaba en esa misma residencia ya mencionada; que era más bien una casa estilo colonial de dos pisos.

Dentro de ella un niño de no más de 9 años, de hermoso cabello rubio, corría por los pisos de madera descalzo, mientras reía con un parche ondeante desde su mano. Justo dando la vuelta en un pasillo de la casa fue cuando raspando los pies con algo colgando de su espalda salía un chico de edad madura de pelo negro alborotado, delatando claramente que recién se levantaba, quien era el perseguidor, y la clara explicación por la que el pequeño corría.

- ¡Pequeño mocoso!- se escuchó el grito casi retumbante

- ¡Jajaja!... ¡¡Papá es demasiado lento!! -el chiquillo tuvo aún el descaro de mirar hacia atrás, sacándole la lengua, estirando un poco la piel debajo de su ojo en modo de burla.

- ¡Wiiiii!... ¡Yo también juego, papi!- se asomó el bulto que estratégicamente se había anclado a su espalda, era una pequeña de 6 años, su cabello medio largo de color negro se mezclaba perfectamente con la del hombre que seguía corriendo tras el otro pequeño.

- ¡Te tengo! -dijo victorioso el hombre, quien había pescado del cuello al pequeño cuando por error se había tropezado con la alfombra de la sala.

- ¡Bájame!... ¡Aprovechado! -dijo hinchando los cachetes, molesto por haber sido atrapado tan fácilmente.

- Pero, ¿tú de qué vas…? Pequeño renacuajo. -dijo con una venita hinchada mientras le tenía en alto, sus ojos de un mismo color dorado opaco se entrecruzaban casi echando chispas al contacto visual. Cuando los ojos azules claros salían por su hombro, la pequeña miraba al otro pequeño con una sonrisa de victoria.

- Mamá me pidió que te levantara. -dijo simplemente volteándole el rostro-

- ¿¡Y te crees que esa es la mejor manera!? -contestó el hombre con el puño en alto dispuesto a estamparlo en la mollera del pequeño pillo.

- El desayuno ya está listo. -se asomó una cabellera rubia por la puerta al fondo de lo que era el comedor, que estaba justo enfrente de la sala, esa armoniosa voz que había sido capaz de detener la trayectoria del golpe, y que los tres se pusieran en plan cariñoso como quien no hizo nada malo, asomó a una bella mujer de largo cabello de ya mencionado tono con los ojos azulones que les miraba con ternura mientras dejaba los platos en la mesa.

- Buenos días, cariño. -contestó el hombre quien había pasado a la pequeña a sus brazos al frente, mientras el otro pequeño silbaba con los brazos por detrás se su cabeza.

- ¿Pasaba algo malo?... ¿Por qué corrían tan temprano, Alyer? -preguntó la mujer pidiéndoles alistarse para el desayuno a los pequeños, quienes saltaron a lavarse, mientras Alyer se acercaba premiándole con un beso de buenos días.

- No, nada malo… Sólo que estaban apresurados por desayunar -le abrazó por la cintura cariñosamente- ¿Qué has preparado hoy?

- Tu favorito… Beicon con huevos revueltos, y de tomar, limonada. -sonríe victoriosa.

- Suena apetitoso. -dijo con una sonrisa algo pícara, mirando más ayuda de las curvas que formaba la ropa de su esposa- Me lavaré.
- Bobo… -sólo susurró algo sonrojada.

En unos cuantos segundos ayudaron a la pequeña a sentarse en una silla alta, pues aún era incapaz de alcanzar el alto de la mesa en una silla normal, mientras el otro se sentaba y pataleaba todo feliz, sacándole la lengua a su padre cuando su madre no le miraba por ayudar a su pequeña hermana a acomodarse.

- Mamá… ¿Me pasas una tostada con mermelada? -dijo la pequeña muy animada con una sonrisa.
- Claro, Naty. -dijo Bianca, untando un poco de mermelada en una tostada, para pasársela
- ¿A mí me puedes pasar más beicon? ¿Sí, mami? -con carita suplicante.

- Claro, Yoshy. -repitió Bianca sirviéndole algo más de beicon en su plato, volteándose para ayudar de vez en cuando a Natalie a comer… Y en una de esas, Alyer casi estratégicamente le quitó el beicon al pequeño en modo de venganza. A lo que Yosef respondió con una patada por debajo de la mesa, haciendo saltar a Alyer algo sorprendido, sobresaltando a Bianca y a Natalie, quienes se les quedaron viendo algo asustadas.
- E-estoy bien. -dijo conteniendo el enfado y viendo cómo el pequeño se dedicaba sólo a comer como si nada hubiera pasado.

Cuando acabaron el desayuno, Alyer se había dado un baño tomando la ropa de la cama que le había preparado Bianca con cariño mientras ella arreglaba a los pequeños (monstruos).

- Bianca… Ya me voy. -dijo Alyer con una gabardina de color crema y un sombrero estilo vaquero.

- Está bien… Vuelves en tres días, ¿verdad? -dijo Bianca, quien ya era una bella mujer hecha y derecha, se acercó para besarle con los dos pequeños apretados de sus faldas, mirando a Alyer a lo alto.

- Sí… Resulta que lo que debo investigar está a un día en tren… Y a ver si con este tiempo tan frío no se atrasa. -dijo algo fastidiado, le había salido un trabajo en esas fechas… Pero, trabajo era trabajo.

- Bueno, pero ten cuidado, el tiempo esta frío. -dijo recibiendo un beso de Alyer en la frente, cuando pasó a cargar a Natalie y besarle con dulzura recibió con un abrazo corto, pues apenas cubría su cuello… Después miró y casi estratégicamente le dio otro beso a Yosef, quien repataleó pero, se había sonrojado mientras le desacomodaba el cabello… Los tres le despedían cariñosamente de Alyer mientras una suave capa de nieve se veía adornar las calles.

Después de llevar a cabo su trabajo, justo a tiempo para volver un día antes del año nuevo, el chico había investigado un asunto que implicaba a un sospechoso de asesinato, y gracias a su ingenio y estrategia, lo había atrapado y entregado a las autoridades, incluso con las pistas que necesitaban para apresarle.

Estaba algo cansado y esperaba el recibimiento cálido de su familia… Seguro Bianca estaba preparando la cena para esa noche, siempre lo hacía en esas fechas, y siempre le festejaba su cumpleaños, siempre era especial cada año, pero su mejor regalo siempre terminaba siendo ella y sus dos pequeños.

Pero esta vez al entrar a la casa, ésta estaba echa casi un desastre… Todo alborotado, como si alguien hubiera entrado a saquearla, Alyer se apresuró casi sintiendo que su corazón se salía con temor, la cocina estaba igual de destrozada y sobretodo sucia y desordenada… Subiendo a la habitación gritando los nombres de su familia más de una vez, sin respuesta, sin ruido… Cuando revisaba las habitaciones, un grito de la pequeña Natalie le hizo bajar desesperadamente las escaleras.

Desesperado por el grito de su pequeña, Alyer, quien bajó impacientemente las escaleras resbalando levemente con la alfombra, pero mantuvo el equilibrio con gran destreza, el silencio se hizo presente una vez más, sólo el rechinido de la puerta principal de la casa donde se veía el viento helado que proporcionaba ese día de invierno.

- ¿Por dónde? -maldijo por lo bajo Alyer, con una expresión de furia y de preocupación mezclada en su rostro, cuando una vez más se escuchó el grito de la pequeña Natalie- ¡El estudio!

Preparado para golpear o asesinar a quien estuviera haciendo gritar a su pequeña, y si se había atrevido a hacerle daño le iba a faltar vida para pagárselas, corrió apresurado con la guardia en alto sin estrategias o plan de por medio, sólo con el miedo de haber llegado demasiado tarde, llegó al estudio, una puerta doble estaba enfrente de él, donde el barullo era confuso, indescifrable, trató de abrirla desde el picaporte pero estaba atrancado, una vez más Natalie gritó, la furia creció y una fuerte patada echó la puerta abajo.

- ¡Natalie! -se apresuró con un paso al frente y los puños arriba.
- ¡¡Sorpresa!! ¡Bienvenido a Casa! -se escuchó desde la boca de la pequeña, quien había saltado encima del desconcertado Alyer, que miraba las decoraciones; los globos coloridos, algunos flotaban, otros estaban atados a pequeños floreros adornados con flores, serpentinas había por donde fuera y caían armoniosamente sobre las cortinas que brindaban una hermosa luz de un bello atardecer que abriría paso al inicio de la noche, los platillos en la mesa dignos de una celebración, también había una gran manta que decía “Feliz cumpleaños, te queremos mucho”.

- ¡¡Sorpresa!!... ¡Bienvenido a Casa! -se volvió a escuchar de los asombrados Bianca y Yosef, quienes traían un broche de flores en su mano, al parecer la pequeña Natalie se rehusaba a quitarse su gorra favorita para colocarse el broche, por lo que había estado gritando, y por lo que la puerta estaba cerrada era para que la misma pequeña no huyera, al parecer ya habían destrozado la sala y la cocina.

La pequeña Natalie traía un hermoso vestido de color celeste y de de encajes y holanes blancos, sus medias largas del mismo color le cubrían hasta por encima de sus rodillas. El pequeño Yosef traía un pantalón negro, una camiseta de botones de mangas largas de color crema y un chaleco azul marino, su cabello peinado, y su sonrojo al ver a su padre llegar tan de repente se notaba. Bianca traía un vestido largo liso, sin mangas de un estampado floral y un escote que marcaba muy bien su busto pero, lo más hermoso de todo, era esa bella sonrisa que nunca la abandonaba.

Alyer se había quedado asombrado, por un instante se le había bajado toda la adrenalina de golpe, que creía que su corazón se detendría en ese momento, en el mismo momento en que miró que todos estaban a salvo. Pero casi se obligó a quedarse de pie ante tal panorama. Sí, era su bella familia, enfrente de sus ojos, arreglados, esperándolo como el ya sabía que ocurriría, dándole una celebración por su cumpleaños, arreglándose sólo para él, recibiéndolo sólo a él… Jamás imaginó que podría llegar a tal felicidad.

Por un instante parecía que les iba a gritar molesto, pues le habían echo pasar los segundos más angustiosos de su vida después de haber dejado la Congregación, pero una sonrisa apareció mientras abrazaba a la pequeña Natalie con cariño, después, aunque no quisiera, el pequeño Yosef fue arrastrado de un empujoncito cariñoso mientras le revolvían el cabello.

- Estoy en casa. -contestó acercándose a Bianca, dándole un beso largo y dulce- Los quiero mucho a los tres, aunque les cobraré haberme asustado así -dijo mirando pícaramente a Bianca, aunque los niños sólo veían que papá miraba a mamá.

- Queríamos darte una sorpresa. -contestó con las mejillas coloradas, desviando un poco la mirada.


- ¡Papi, papi te hice un regalo! -la pequeña Natalie, bajó de los brazos de su padre, corriendo por una pequeña caja con un moño- ¡Ábrelo, ábrelo! -dijo entusiasmada

- Ya voy, pequeña. -respondió Alyer acariciándole la cabeza con cariño, abrió el empaque y encontró una taza decorada, por los dibujos y el pulso se había notado que la pequeña había tomado una taza nueva de la bajilla de su madre y había pintado con plumones permanentes, decía “Mi papá es el mejor”, “Te quiero mucho, papi       =D”, como respuesta para la pequeña, un beso le fue dado en la mejilla -¡Te amo, mi princesa!
- ¡Ejem! -se escuchó del apenado Yosef, quien sacó otra pequeña caja decorada- ¡Feliz cumpleaños!

Alyer rió por lo bajo, tomando el paquete mientras Yosef parecía ver y no ver la expresión de su padre, dentro de la caja había una nota que decía “Te quiero, Papá. ;P”, debajo había un elegante reloj de bolsillo de color platino con la inscripción de su nombre en él.

- Es para que no se te pierda. -dijo en un aparente enojo, con el sonrojo aún sobre sus mejillas.

- Jajaja, vamos, aquí al único que se le pierden cosas es a ti, pequeño renacuajo.

- Yo no… -antes de que el pequeño siquiera le contestara, ya estaba entre los brazos de su padre, con un gran asombro y sonrojo apenado del pequeño- No, déjame.

- Yo también te quiero. -el pequeño sólo hinchó los cachetes, dejándose abrazar, y por un momento correspondiendo al mismo.

- Bueno, alguien tiene que soplar las velitas. -Bianca se acercaba con el pastel de nata y hojaldre, con unas velas sobre él. -Feliz cumpleaños, cariño. -dijo con una jovial sonrisa.

- ¿Y mi regalo? -preguntó alzando a los pequeños en sus brazos sin mucha dificultad, acercándose a la tarta.
- Espera a que sea de noche y los niños duerman. -desvió la mirada apenada.

- Suena bien. -se limitó a contestar, apagando las velas.

Disfrutaron de la cena, rieron y jugaron hasta quedar agotados.

Sí, ese había sido “Un día de espanto”, pero al final había sido uno de los más felices de los días en la casa Knowed Roze.

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