Un día de espanto.
En una residencia un alboroto matutino casi habitual para
los vecinos retumbaba en esa misma residencia ya mencionada; que era más bien
una casa estilo colonial de dos pisos.
Dentro de ella un niño de no más de 9 años, de hermoso
cabello rubio, corría por los pisos de madera descalzo, mientras reía con un
parche ondeante desde su mano. Justo dando la vuelta en un pasillo de la casa
fue cuando raspando los pies con algo colgando de su espalda salía un chico de
edad madura de pelo negro alborotado, delatando claramente que recién se
levantaba, quien era el perseguidor, y la clara explicación por la que el
pequeño corría.
- ¡Pequeño mocoso!- se escuchó el grito casi retumbante
- ¡Jajaja!... ¡¡Papá es demasiado lento!! -el chiquillo tuvo aún el descaro de
mirar hacia atrás, sacándole la lengua, estirando un poco la piel debajo de su
ojo en modo de burla.
- ¡Wiiiii!... ¡Yo también juego, papi!- se asomó el bulto que
estratégicamente se había anclado a su espalda, era una pequeña de 6 años, su
cabello medio largo de color negro se mezclaba perfectamente con la del hombre
que seguía corriendo tras el otro pequeño.
- ¡Te tengo! -dijo victorioso el hombre, quien había pescado del cuello al
pequeño cuando por error se había tropezado con la alfombra de la sala.
- ¡Bájame!... ¡Aprovechado! -dijo hinchando los cachetes, molesto por
haber sido atrapado tan fácilmente.
- Pero, ¿tú de qué vas…? Pequeño renacuajo. -dijo con una venita hinchada
mientras le tenía en alto, sus ojos de un mismo color dorado opaco se
entrecruzaban casi echando chispas al contacto visual. Cuando los ojos azules
claros salían por su hombro, la pequeña miraba al otro pequeño con una sonrisa
de victoria.
- Mamá me pidió que te levantara. -dijo simplemente volteándole el
rostro-
- ¿¡Y te crees que esa es la mejor manera!? -contestó el hombre con el
puño en alto dispuesto a estamparlo en la mollera del pequeño pillo.
- El desayuno ya está listo. -se asomó una cabellera rubia por la
puerta al fondo de lo que era el comedor, que estaba justo enfrente de la sala,
esa armoniosa voz que había sido capaz de detener la trayectoria del golpe, y
que los tres se pusieran en plan cariñoso como quien no hizo nada malo, asomó a
una bella mujer de largo cabello de ya mencionado tono con los ojos azulones
que les miraba con ternura mientras dejaba los platos en la mesa.
- Buenos días, cariño. -contestó el hombre quien había pasado a la
pequeña a sus brazos al frente, mientras el otro pequeño silbaba con los brazos
por detrás se su cabeza.
- ¿Pasaba algo malo?... ¿Por qué corrían tan temprano, Alyer?
-preguntó la mujer pidiéndoles alistarse para el desayuno a los pequeños,
quienes saltaron a lavarse, mientras Alyer se acercaba premiándole con un beso
de buenos días.
- No, nada malo… Sólo que estaban apresurados por desayunar -le abrazó
por la cintura cariñosamente- ¿Qué has preparado hoy?
- Tu favorito… Beicon con huevos revueltos, y de tomar, limonada.
-sonríe victoriosa.
- Suena apetitoso. -dijo con una sonrisa algo pícara, mirando más
ayuda de las curvas que formaba la ropa de su esposa- Me lavaré.
- Bobo… -sólo susurró algo sonrojada.
En unos cuantos segundos ayudaron a la pequeña a sentarse en una silla alta, pues aún era incapaz de alcanzar el alto de la mesa en una silla normal, mientras el otro se sentaba y pataleaba todo feliz, sacándole la lengua a su padre cuando su madre no le miraba por ayudar a su pequeña hermana a acomodarse.
En unos cuantos segundos ayudaron a la pequeña a sentarse en una silla alta, pues aún era incapaz de alcanzar el alto de la mesa en una silla normal, mientras el otro se sentaba y pataleaba todo feliz, sacándole la lengua a su padre cuando su madre no le miraba por ayudar a su pequeña hermana a acomodarse.
- Mamá… ¿Me pasas una tostada con mermelada? -dijo la pequeña muy
animada con una sonrisa.
- Claro, Naty. -dijo Bianca, untando un poco de mermelada en una
tostada, para pasársela
- ¿A mí me puedes pasar más beicon? ¿Sí, mami? -con carita suplicante.
- ¿A mí me puedes pasar más beicon? ¿Sí, mami? -con carita suplicante.
- Claro, Yoshy. -repitió Bianca sirviéndole algo más de beicon en su plato,
volteándose para ayudar de vez en cuando a Natalie a comer… Y en una de esas,
Alyer casi estratégicamente le quitó el beicon al pequeño en modo de venganza.
A lo que Yosef respondió con una patada por debajo de la mesa, haciendo saltar
a Alyer algo sorprendido, sobresaltando a Bianca y a Natalie, quienes se les
quedaron viendo algo asustadas.
- E-estoy bien. -dijo conteniendo el enfado y viendo cómo el pequeño
se dedicaba sólo a comer como si nada hubiera pasado.
Cuando acabaron el desayuno, Alyer se había dado un baño tomando la
ropa de la cama que le había preparado Bianca con cariño mientras ella
arreglaba a los pequeños (monstruos).
- Bianca… Ya me voy. -dijo Alyer con una gabardina de color crema y un
sombrero estilo vaquero.
- Está bien… Vuelves en tres días, ¿verdad? -dijo Bianca, quien ya era una
bella mujer hecha y derecha, se acercó para besarle con los dos pequeños
apretados de sus faldas, mirando a Alyer a lo alto.
- Sí… Resulta que lo que debo investigar está a un día en tren… Y a
ver si con este tiempo tan frío no se atrasa. -dijo algo fastidiado, le había
salido un trabajo en esas fechas… Pero, trabajo era trabajo.
- Bueno, pero ten cuidado, el tiempo esta frío. -dijo recibiendo un
beso de Alyer en la frente, cuando pasó a cargar a Natalie y besarle con
dulzura recibió con un abrazo corto, pues apenas cubría su cuello… Después miró
y casi estratégicamente le dio otro beso a Yosef, quien repataleó pero, se había sonrojado mientras le desacomodaba el
cabello… Los tres le despedían cariñosamente de Alyer mientras una suave capa
de nieve se veía adornar las calles.
Después de llevar a cabo su trabajo, justo a tiempo para volver un día
antes del año nuevo, el chico había investigado un asunto que implicaba a un
sospechoso de asesinato, y gracias a su ingenio y estrategia, lo había atrapado
y entregado a las autoridades, incluso con las pistas que necesitaban para
apresarle.
Estaba algo cansado y esperaba el recibimiento cálido de su familia…
Seguro Bianca estaba preparando la cena para esa noche, siempre lo hacía en
esas fechas, y siempre le festejaba su cumpleaños, siempre era especial cada
año, pero su mejor regalo siempre terminaba siendo ella y sus dos pequeños.
Pero esta vez al entrar a la casa, ésta estaba echa casi un desastre…
Todo alborotado, como si alguien hubiera entrado a saquearla, Alyer se apresuró
casi sintiendo que su corazón se salía con temor, la cocina estaba igual de
destrozada y sobretodo sucia y desordenada… Subiendo a la habitación gritando
los nombres de su familia más de una vez, sin respuesta, sin ruido… Cuando
revisaba las habitaciones, un grito de la pequeña Natalie le hizo bajar
desesperadamente las escaleras.
Desesperado por el grito de su pequeña, Alyer, quien bajó impacientemente
las escaleras resbalando levemente con la alfombra, pero mantuvo el equilibrio
con gran destreza, el silencio se hizo presente una vez más, sólo el rechinido
de la puerta principal de la casa donde se veía el viento helado que
proporcionaba ese día de invierno.
- ¿Por dónde? -maldijo por lo bajo Alyer, con una expresión de furia y
de preocupación mezclada en su rostro, cuando una vez más se escuchó el grito
de la pequeña Natalie- ¡El estudio!
Preparado para golpear o asesinar a quien estuviera haciendo gritar a
su pequeña, y si se había atrevido a hacerle daño le iba a faltar vida para
pagárselas, corrió apresurado con la guardia en alto sin estrategias o plan de
por medio, sólo con el miedo de haber llegado demasiado tarde, llegó al
estudio, una puerta doble estaba enfrente de él, donde el barullo era confuso,
indescifrable, trató de abrirla desde el picaporte pero estaba atrancado, una
vez más Natalie gritó, la furia creció y una fuerte patada echó la puerta
abajo.
- ¡Natalie! -se apresuró con un paso al frente y los puños arriba.
- ¡¡Sorpresa!! ¡Bienvenido a Casa! -se escuchó desde la boca de la pequeña, quien había saltado encima del desconcertado Alyer, que miraba las decoraciones; los globos coloridos, algunos flotaban, otros estaban atados a pequeños floreros adornados con flores, serpentinas había por donde fuera y caían armoniosamente sobre las cortinas que brindaban una hermosa luz de un bello atardecer que abriría paso al inicio de la noche, los platillos en la mesa dignos de una celebración, también había una gran manta que decía “Feliz cumpleaños, te queremos mucho”.
- ¡Natalie! -se apresuró con un paso al frente y los puños arriba.
- ¡¡Sorpresa!! ¡Bienvenido a Casa! -se escuchó desde la boca de la pequeña, quien había saltado encima del desconcertado Alyer, que miraba las decoraciones; los globos coloridos, algunos flotaban, otros estaban atados a pequeños floreros adornados con flores, serpentinas había por donde fuera y caían armoniosamente sobre las cortinas que brindaban una hermosa luz de un bello atardecer que abriría paso al inicio de la noche, los platillos en la mesa dignos de una celebración, también había una gran manta que decía “Feliz cumpleaños, te queremos mucho”.
- ¡¡Sorpresa!!... ¡Bienvenido a Casa! -se volvió a escuchar de los
asombrados Bianca y Yosef, quienes traían un broche de flores en su mano, al
parecer la pequeña Natalie se rehusaba a quitarse su gorra favorita para
colocarse el broche, por lo que había estado gritando, y por lo que la puerta
estaba cerrada era para que la misma pequeña no huyera, al parecer ya habían
destrozado la sala y la cocina.
La pequeña Natalie traía un hermoso vestido de color celeste y de de encajes y holanes blancos, sus medias largas del mismo color le cubrían hasta por encima de sus rodillas. El pequeño Yosef traía un pantalón negro, una camiseta de botones de mangas largas de color crema y un chaleco azul marino, su cabello peinado, y su sonrojo al ver a su padre llegar tan de repente se notaba. Bianca traía un vestido largo liso, sin mangas de un estampado floral y un escote que marcaba muy bien su busto pero, lo más hermoso de todo, era esa bella sonrisa que nunca la abandonaba.
Alyer se había quedado asombrado, por un instante se le había bajado toda la adrenalina de golpe, que creía que su corazón se detendría en ese momento, en el mismo momento en que miró que todos estaban a salvo. Pero casi se obligó a quedarse de pie ante tal panorama. Sí, era su bella familia, enfrente de sus ojos, arreglados, esperándolo como el ya sabía que ocurriría, dándole una celebración por su cumpleaños, arreglándose sólo para él, recibiéndolo sólo a él… Jamás imaginó que podría llegar a tal felicidad.
La pequeña Natalie traía un hermoso vestido de color celeste y de de encajes y holanes blancos, sus medias largas del mismo color le cubrían hasta por encima de sus rodillas. El pequeño Yosef traía un pantalón negro, una camiseta de botones de mangas largas de color crema y un chaleco azul marino, su cabello peinado, y su sonrojo al ver a su padre llegar tan de repente se notaba. Bianca traía un vestido largo liso, sin mangas de un estampado floral y un escote que marcaba muy bien su busto pero, lo más hermoso de todo, era esa bella sonrisa que nunca la abandonaba.
Alyer se había quedado asombrado, por un instante se le había bajado toda la adrenalina de golpe, que creía que su corazón se detendría en ese momento, en el mismo momento en que miró que todos estaban a salvo. Pero casi se obligó a quedarse de pie ante tal panorama. Sí, era su bella familia, enfrente de sus ojos, arreglados, esperándolo como el ya sabía que ocurriría, dándole una celebración por su cumpleaños, arreglándose sólo para él, recibiéndolo sólo a él… Jamás imaginó que podría llegar a tal felicidad.
Por un instante parecía que les iba a gritar molesto, pues le habían
echo pasar los segundos más angustiosos de su vida después de haber dejado la
Congregación, pero una sonrisa apareció mientras abrazaba a la pequeña Natalie
con cariño, después, aunque no quisiera, el pequeño Yosef fue arrastrado de un
empujoncito cariñoso mientras le revolvían el cabello.
- Estoy en casa. -contestó acercándose a Bianca, dándole un beso largo
y dulce- Los quiero mucho a los tres, aunque les cobraré haberme asustado así
-dijo mirando pícaramente a Bianca, aunque los niños sólo veían que papá miraba
a mamá.
- ¡Papi, papi te hice un regalo! -la pequeña Natalie, bajó de los brazos de su
padre, corriendo por una pequeña caja con un moño- ¡Ábrelo, ábrelo! -dijo
entusiasmada
Alyer rió por lo bajo, tomando el paquete mientras Yosef parecía ver y
no ver la expresión de su padre, dentro de la caja había una nota que decía “Te
quiero, Papá. ;P”, debajo había un elegante reloj de bolsillo de color platino
con la inscripción de su nombre en él.
- Es para que no se te pierda. -dijo en un aparente enojo, con el
sonrojo aún sobre sus mejillas.
- Jajaja, vamos, aquí al único que se le pierden cosas es a ti,
pequeño renacuajo.
- Yo no… -antes de que el pequeño siquiera le contestara, ya estaba entre los
brazos de su padre, con un gran asombro y sonrojo apenado del pequeño- No,
déjame.
- Yo también te quiero. -el pequeño sólo hinchó los cachetes,
dejándose abrazar, y por un momento correspondiendo al mismo.
- Bueno, alguien tiene que soplar las velitas. -Bianca se acercaba con
el pastel de nata y hojaldre, con unas velas sobre él. -Feliz cumpleaños,
cariño. -dijo con una jovial sonrisa.
- ¿Y mi regalo? -preguntó alzando a los pequeños en sus brazos sin
mucha dificultad, acercándose a la tarta.
- Espera a que sea de noche y los niños duerman. -desvió la mirada
apenada.
- Suena bien. -se limitó a contestar, apagando las velas.
Disfrutaron de la cena, rieron y jugaron hasta quedar agotados.
Sí, ese había sido “Un día de espanto”, pero al final había sido uno
de los más felices de los días en la casa Knowed Roze.
No hay comentarios:
Publicar un comentario